monti otoño 2013

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Los mandarines y pontífices, la crítica gastronómica y la Red

Llevo en pocas semanas leídos ya media docena de descalificaciones, repletas de improperios, a la crítica, o simple opinión, gastronómica en la Red. Todas ellas de reconocidos comentaristas de los medios escritos de comunicación, algunos incluso críticos (en alguna ocasión). Alguno, incluso autor de meritorios Anuarios.

Es sorprendente el papel que puede deducirse que se pretenden arrogar: el de interpretes únicos de qué está bien y de qué no en el arte del buen comer y mejor beber. Como si el maltrato recibido en un restaurante o su deficiente calidad, nunca reseñados por ellos porque nunca lo sufriran por ser quienes son, no justificara un desahogo. Más: como si el lector de los mismos en alguna red fuera un subnormal incapaz de enterderlo como tal.

Ello además de otro elemento relevante que transcribo de alguien que sabe mucho más que yo aunque esté referido a la Red en general pero es de aplicación: "se echa de menos en su panorama algo más de acento en la vertiente creativa de la Red, que sin duda es importante. Hay gentes, que nunca habrían accedido a publicar en las ágoras que controlan los mandarines de la cultura y el mercado, que ahora publican y con mérito. Y si alguno lo hace por exhibirse es con el mismo derecho que tienen a exhibirse los pontífices de la opinión". Pues eso.

lunes, 20 de julio de 2009

Más historia: Clientes: yo, mi, mío, conmigo...

En la crítica de gastronomía no se habla nunca de los clientes. Algunos, sin embargo, son insoportables y a pesar de lo cual la profesionalidad y la educación hace que en general se les trate como no se merecen. Los más evidentes, y los que más abudan, son los gritones, que se creen que el restaurante es el salón de estar de su casa, y que todos los presentes deben enterarse de lo bien que lo están pasando.

A pesar de que intento abstraerme de todo lo que no afecte a la mesa en la que me encuentre, entre los más indeseables destacaría dos. El primero es el que pretende demostrar -nunca he sabido a quién- que entiende de vinos. Aunque no lo puedo asegurar, mi impresión es que suele solicitar uno de precio medio. Ahora bien, la cata la desarrolla como como si se tratara de un Château Haut-Brion de 1985 o un Château Mouton Rothschild del 82 con algún defecto.

Repite una y otra sus tres fases, visual, olfativa y gustativa, con una cara próxima a lo que debe ser entrar en trance, antes de irremediablemente dar su asentimiento con un ligero movimiento de cabeza. Claro que peor es quien quiere demostrar sus conocimientos, rechazando un vino sin problema alguno (lo cual no quiere decir que no se sirvan vinos en condiciones deficientes).

En más de una ocasión algún propietario me ha dado a catar el caldo rechazado y puedo asegurar, cierto es que puede ser otra casualidad, que lo único rechazable era el comportamiento del comensal. En todo caso, estos prepotentes deben saber que la norma no escrita desde siglos es que si se rechaza una botella por razones no obvias, el que se pida a continuación ha de ser de precio superior.

Con todo, el más indeseable de cuantos clientes es posible encontrarse en un restaurante es el fumador de puros que se cree con derecho a convertir todos los demás en forzados acompañantes. Poco le importan si los que le rodean están en el comienzo, a mitad o al final de la degustación. Si son jóvenes o mayores, si sanos o con problemas bronquiales. Él ha decidido ejercer su derecho, una ley inaceptable le ampara, y la cobardía de la mayor parte de los propietarios (ahí Dacosta y un puñado más merecen un aplauso) lo ponen por encima de los demás. ¿Por qué si quienes fumamos somos una minoría?

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