monti otoño 2013

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Los mandarines y pontífices, la crítica gastronómica y la Red

Llevo en pocas semanas leídos ya media docena de descalificaciones, repletas de improperios, a la crítica, o simple opinión, gastronómica en la Red. Todas ellas de reconocidos comentaristas de los medios escritos de comunicación, algunos incluso críticos (en alguna ocasión). Alguno, incluso autor de meritorios Anuarios.

Es sorprendente el papel que puede deducirse que se pretenden arrogar: el de interpretes únicos de qué está bien y de qué no en el arte del buen comer y mejor beber. Como si el maltrato recibido en un restaurante o su deficiente calidad, nunca reseñados por ellos porque nunca lo sufriran por ser quienes son, no justificara un desahogo. Más: como si el lector de los mismos en alguna red fuera un subnormal incapaz de enterderlo como tal.

Ello además de otro elemento relevante que transcribo de alguien que sabe mucho más que yo aunque esté referido a la Red en general pero es de aplicación: "se echa de menos en su panorama algo más de acento en la vertiente creativa de la Red, que sin duda es importante. Hay gentes, que nunca habrían accedido a publicar en las ágoras que controlan los mandarines de la cultura y el mercado, que ahora publican y con mérito. Y si alguno lo hace por exhibirse es con el mismo derecho que tienen a exhibirse los pontífices de la opinión". Pues eso.

viernes, 16 de septiembre de 2011

Restaurante Lienzo: la falta de atención le pierde


Si algo tenemos que ofrecer como propio al resto del mundo, además de la paella, son las tapas. En Helsinki, en el Soho de Londres y en Moscú he visto locales con vistosos anuncios anunciándolas. Obviamente, lo que se ofrece en la mayor parte de éstos no tiene nada que ver con ellas, como en el local londinense de la imagen. Pero la permanencia de algunos demuestra su atractivo y que hay mercado para este producto.
Para nuestra desgracia, Aloña Berri en el Gros de San Se- bastián cerró por jubilación de sus propietarios, basílica del pintxo que no será fácil de igualar aunque siga habiendo, en el casco viejo donostiarra como en Madrid o Barcelona, atractivas ofertas. Valencia no ha sido tradicionalmente tierra de tapas (aunque sí de buenos bares) y de hecho la habitual acompañando a la bebida ofrecida en otras ciudades es aquí, a lo más, una aceitunas.
Pero hace ya unos años empezaron a surgir por doquier bares y franquicias que, ante la novedad, alcanzaron una notable acogida a pesar de sus elevados precios. Es el caso de Sagardi en la calle San Vicente, con precios de los vinos espectaculares y calidad media. Tanto ha sido el éxito que este año el grupo ha abierto un segundo local casi al lado (y bajo otro nombre). No son los únicos y poco a poco la ciudad se ha ido llenando de locales, supuestamente de tapas, aunque muchos de ellos ofrezcan un producto con escasa o nula relación con ellas. 
Dentro de este segmento pero a un nivel superior, con una calidad y elaboración que no resiste la comparación con la media, se sitúa Lienzo, un local con una excelente cocina. No tiene, por tanto, nada que ver con los resultantes de la adaptación de algunos cocineros a la crisis que pretenden cobrarnos espumas varias (todas del mismo sabor y textura) a precios de escándalo.
El tartar de Lienzo es de los mejores que se sirven en Valencia hoy (jubilado Eladio Rodríguez) y lo mismo cabe decir de la tarta de manzana. También destaca el gazpacho de remolacha con quisquillas y la gamba a la sal cuando no hay paro biológico en Gandía-Denia, en cuyo caso baja de calidad espectacularmente. Por el contrario, resultan menos recomendables los buñuelos de bacalao, las vieiras o las patatas bravas, mientras el sandwich de ibérico me parece una propuesta fallida (como todas elaboradas con el infecto pan de molde a la venta en España). Ello, sumado a una buena carta de vinos -que sin ser extensa tiene una colección bien elegida- y a arroces, carnes y pescados de calidad.
¿Qué falla entonces en Lienzo? Todo lo demás exceptuando la cordialidad de Abraham Brández. Desde la recepción, que puede ser nula según a quien "le caiga el cliente", hasta el histrionismo de quien parece confundir descorchar y catar olfativamente un Petrus y no un vino aceptable como los hay a cientos. El mismo que cuando toma la comanda se cree obligado a hacer una gracia en la presentación de cada tapa y pretende que se pida según su gusto y no del del cliente. Y encima con un ruido espectacular a pesar del aislante acústico visible en techos que, evidentemente, no hace su función.
Claro que en las visitas en que el susodicho no estaba, el resultado ha sido todavía peor. En la última, entre semana y a medio día, había no más de cinco mesas a pesar de lo cual, la toma de la comanda se retrasó inexplicablemente casi veinte minutos, los servicios casi media hora (desde la comanda) y la tarta de manzana otro tanto. Entramos a las 14:30 y hasta las 17 no pudimos irnos a pesar de explicitar la intención era comer algo rápido. Inexplicable e inaceptable. ¡Una verdadera lástima!

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